Cuando la política deja de dialogar y comienza a dividir
Cuando la política deja de dialogar y comienza a dividir
Por: Esther Avendaño
La democracia no muere de un día para otro. No desaparece
necesariamente con tanques en las calles ni con golpes de Estado. A veces
comienza a deteriorarse de forma silenciosa, cuando el debate público es
reemplazado por la descalificación, cuando la verdad deja de importar y cuando
la ciudadanía es empujada a escoger entre bandos irreconciliables. América
Latina parece estar transitando peligrosamente por ese camino.
Un reciente estudio sobre la comunicación política de cinco
presidentes latinoamericanos advierte que el populismo, la desinformación y la
polarización se han convertido en una combinación recurrente dentro de la
estrategia comunicativa de varios líderes de la región. Según la investigación,
“el 75 % de las publicaciones analizadas contienen elementos discursivos
populistas, el 51 % presentan desinformación y el 87 % algún tipo de
polarización”. Más allá de las cifras, lo verdaderamente preocupante es lo que
ellas representan para la salud de nuestras democracias.
El populismo no es un fenómeno nuevo. Ha acompañado la
historia política latinoamericana durante décadas. Sin embargo, en la era
digital ha encontrado un escenario ideal para expandirse. Las redes sociales
han reducido problemas complejos a mensajes de pocos caracteres, donde las
emociones suelen imponerse sobre los argumentos. Como señala el estudio, los
líderes populistas suelen construir una narrativa basada en “la creación de una
separación entre ellos y nosotros, un discurso centrado en la moral y la invocación
constante al pueblo virtuoso y la voluntad general”. El resultado es una visión
simplista de la realidad donde existen únicamente buenos y malos, patriotas y
enemigos, pueblo y antipueblo.
La consecuencia inmediata de esta narrativa es la
polarización. Cuando la política se convierte en una lucha moral entre
supuestos salvadores y supuestos enemigos de la nación, desaparecen los matices
y se debilita la posibilidad de construir consensos. El adversario deja de ser
un contradictor legítimo para convertirse en una amenaza que debe ser
derrotada. Así, la diferencia de opiniones deja de enriquecer la democracia
para convertirse en motivo de confrontación permanente.
Colombia no es ajena a esta realidad. Aunque conserva
elecciones libres, instituciones independientes y una oposición activa, existen
señales preocupantes que merecen atención. El estudio revela que, dentro de los
mandatarios analizados, la comunicación del presidente Gustavo Petro presenta
una mayor presencia de elementos de polarización que de desinformación o
populismo. La investigación identifica constantes referencias a grupos externos
representados por criminales, paramilitares o sectores opositores, configurando
una narrativa donde el conflicto político se plantea en términos de
confrontación permanente.
Cuando una sociedad comienza a dividirse entre quienes se
consideran dueños de la verdad y quienes son catalogados como enemigos del
cambio, la democracia empieza a perder uno de sus pilares fundamentales: la
capacidad de dialogar. El problema no es la diferencia de opiniones; el
problema surge cuando la discrepancia deja de ser legítima y se convierte en
una razón para descalificar, excluir o estigmatizar.
Igualmente alarmante es el papel que juega la
desinformación. El estudio advierte que “la comunicación oficial de los líderes
populistas no tiende a una representación precisa de los hechos, sino a la
construcción de la narrativa necesaria para mantener y movilizar a su base de
seguidores”. En otras palabras, la verdad pierde relevancia frente a la
utilidad política del relato. Lo importante no es que algo sea cierto, sino que
fortalezca la identidad del grupo y la fidelidad hacia el líder.
Esta realidad debería preocuparnos a todos,
independientemente de nuestras preferencias ideológicas. El populismo no es
patrimonio exclusivo de la izquierda ni de la derecha. Puede vestirse de
distintos colores políticos, pero comparte una característica común: la
tendencia a dividir a la sociedad entre quienes apoyan al líder y quienes son
presentados como obstáculos para el progreso o enemigos del pueblo.
La historia demuestra que las democracias rara vez
desaparecen de manera abrupta. Generalmente se erosionan cuando la intolerancia
sustituye al diálogo, cuando el fanatismo reemplaza al pensamiento crítico y
cuando las instituciones son vistas como obstáculos y no como garantías. Se
debilitan cuando los ciudadanos dejan de cuestionar a quienes comparten sus
ideas, pero exigen perfección absoluta a quienes piensan diferente.
Como ciudadana, periodista y comunicadora social, considero
que el mayor desafío de nuestro tiempo no es elegir entre un líder u otro, sino
defender la capacidad de pensar críticamente. La democracia necesita ciudadanos
capaces de cuestionar a todos los gobiernos, verificar la información que
consumen y reconocer que ningún sector político posee el monopolio de la
verdad.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la cultura del
diálogo. Necesitamos menos consignas y más argumentos; menos fanatismo y más
pensamiento crítico; menos polarización y más capacidad de escuchar al otro.
Porque cuando una sociedad deja de conversar y comienza únicamente a
enfrentarse, quienes pierden no son los gobiernos ni los partidos políticos.
Quien pierde es la democracia misma.
La verdadera fortaleza de una nación no radica en la
obediencia ciega a un líder, sino en la existencia de ciudadanos libres capaces
de disentir sin convertirse en enemigos. Y quizás esa sea la lección más
urgente para la Colombia de hoy: la democracia no se pierde únicamente cuando
desaparecen las elecciones; comienza a perderse cuando dejamos de reconocer la
legitimidad de quienes piensan distinto.
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