Un
sorbo de nostalgia en el Mercado Los Cocales de Cúcuta
Por: Esther Avendaño
Ayer,
mientras sostenía un simple vaso de leche en las manos, el tiempo dio un vuelco
hacia atrás. Bastó un solo sorbo para que el presente se desvaneciera y
resucitara en mi mente, con una claridad asombrosa, el retrato de un hombre
entrañable y la experiencia imborrable que viví en el ya extinto Mercado Los
Cocales de Cúcuta; y es que hay sabores que no se quedan en el paladar, sino
que echan raíces en la memoria.
Para
quienes vivimos la infancia entre el bullicio de los días de mercado cucuteños,
el Mercado Los Cocales no era solo un centro de acopio; era un universo
palpitante de sonidos, colores, olores y tradiciones. En mi caso, era la cita
inapelable de la mano de mi nona, el recorrido entre tramos de verduras
frescas, carnes, lácteos y abarrotes, esquivando el ajetreo propio de nuestra
tierra. Era perderse entre las artesanías con sus materos y ollas de barro, y
los bazares espirituales donde descansaban todos los santos imaginables, justo
al lado de los puestos de hierbas aromáticas que, como bien cantaba Celia Cruz,
prometían curar cualquier dolencia del cuerpo y del alma.
Sin
embargo, para una niña como yo, la verdadera fiesta de un sábado no estaba en
la lista de compras. El premio, la recompensa dorada de aquella jornada, nos
esperaba al final del pasillo, en una esquina de aquel laberinto de
comerciantes donde, sin una mano agarradita, cualquier niño se perdía. Allí,
donde las filas parecían interminables y la paciencia de los visitantes se
ponía a prueba, reinaba en silencio un señor de mirada noble y manos ágiles,
cuyo nombre nunca supe y pocos recuerdan, pero cuya presencia todos añoran.
Su
puesto de trabajo era un templo del antojo tradicional. En la vitrina
descansaban los crocantes pastelitos de arveja y garbanzo, tostados a la
perfección, acompañados de las infaltables quesadillas. Pero el verdadero imán,
el espectáculo por el cual generaciones enteras hacían fila sin quejarse, era
su famoso «batido de leche», como lo llamaban.
No
era avena, ni chicha venezolana, ni tampoco un jugo de fruta convencional.
Nadie lograba descifrar el misterio. El ritual era siempre el mismo: el señor
tomaba un misterioso polvo de receta propia, lo vertía en el vaso de una
imponente batidora de aluminio repleta de hielo y encendía el motor. El sonido
metálico vibraba en el ambiente mientras mis ojos seguían la mezcla que se
transformaba en una crema espesa, fría y celestial, servida con la consistencia
exacta de un sorbete.
Pero
el encanto no terminaba al recibir la bebida. Aquel hombre tenía una
generosidad única con sus clientes: a medida que uno le iba tomando al batido y
bajaba el nivel del vaso, el señor, atento a cada detalle, tomaba de nuevo la
jarra de la batidora y con una sonrisa volvía a llenarlo hasta el borde. Esa
ñapa inolvidable era el sello de su amabilidad y el motivo por el cual nadie se
quería ir de allí.
Era
un manjar sin igual. Un sorbo helado que borraba de golpe el calor sofocante de
Cúcuta y sacaba sonrisas instantáneas tanto a los viejos como a los más chicos.
Con cada vaso, aquel hombre distribuía una dosis pura de felicidad.
El
tiempo pasó, Los Cocales se acabaron y la vida siguió su curso. El señor del
batido partió de este mundo y, con una fidelidad inquebrantable a su oficio,
decidió llevarse su secreto a la tumba. Nadie pudo replicar su fórmula, por más
que intentaron adivinar los ingredientes de aquel polvo mágico.
Hoy,
quienes compartimos esa época cerramos los ojos y aún podemos sentir la textura
espesa de ese refresco inolvidable. Su receta se fue con él, es cierto, pero
nos dejó algo mucho más valioso: el recuerdo intacto de las mañanas de mercado,
la generosidad de su vaso siempre lleno y el orgullo de haber probado la bebida
más misteriosa y deliciosa de la historia de nuestra ciudad.
En
homenaje al alquimista inolvidable de Los Cocales
Hoy rindo tributo a una figura entrañable de nuestra memoria colectiva: aquel hombre humilde y noble que, sin llevar corona ni ostentar títulos, fue el rey indiscutible de las mañanas de mercado en el corazón del extinto Mercado Los Cocales. Nunca supe su nombre, pero ¡gracias!

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