La carcel de Esther
La cárcel de Esther
La prisión psicológica que construye Esther Avendaño durante 40 años, como consecuencia de un abuso sexual.
El bendito paseo
¡No te pongas ese short! grito su papá, Rafael Avendaño, aquel domingo de junio, cuando sus padres en aras de unir la familia programaron el bendito paseo, “Esther obedece a papa, no te coloques Shorts porque eso incita a los hombres” dijo su mamá Aura de Avendaño; ¡carajo! era una niña, no entendía él porque de esa frase, ¿qué significa incitar?, ¿que tenía que ver un short con los hombres? ella solo lo hacía por comodidad para jugar y divertirse, la verdad era un pensar justificante y machista de la época.
Ese día conoció la bestia, un monstruo que sobrepasó su pequeña imaginación y que se volvió real para convertir su vida en llanto, miedos, culpas y pesadillas que casi la destruyen.
Recuerda que llegaron a una casa grande adornada con lámparas y pinturas, había gente desconocida para ella, eran numerosos primos paternos; Al finalizar las escaleras estaba él, un hombre de aproximadamente 20 años vigilante cual gavilán con su presa, nunca le quitó sus ojos de encima haciéndola sentir incomoda, dentro de la casa y durante el viaje.
San Faustino era un rio caudaloso y con barro porque había llovido mucho. Hacia el mediodía bailaban mientras se cocinaba el tradicional sancocho, ella y su mamá fueron a cambiarse de ropa entrando en una cueva hecha de ramas de árboles; saliendo de allí, como a dos minutos de camino su mama recordó que había dejado un destapador y acercándose a la niña le dijo que fuera a buscarlo; devolviéndose se encontró con ese hombre acechante, quien se mostró amable al querer acompañarla; segundos después la sujetó fuerte de su brazo diciéndole que sabía dónde estaba el dichoso destapador, ella asustada le pedía que la soltara, ¿pero qué puede hacer una niña con la fuerza descomunal de un hombre ciego por su lujuria?. Acelerado le cubrió su cara con una toalla y amarro sus pequeñas manos con una pañoleta, era muy chiquita, su ingenuidad no le permitía pensar más allá de lo que vivía, fue en cuestión de minutos que la accedió, minutos interminables donde la distancia la música y el ruido fueron crueles cómplices de sus gritos y sollozos; nadie vino en su auxilio, todo fue en vano.
La pañoleta se soltó de sus manos. Asqueada, horrorizada y adolorida por tan aberrante acto, corrió al encuentro con su mamá que venía a buscarla, enojada por la demora; él venía atrás, su cara pálida, amenazante, y la desobediencia a su papá la intimidaron. La mamá no sospecho nada, la niña atribuyó sus lágrimas al susto que le provocó un animal, ¡si un completo animal!, nunca comprendió la magnitud de lo que había pasado; prefirió ocultar todo: sus dolores, su terror, la prueba de la pérdida de su inocencia, su rabia, su impotencia.
A partir de ese momento Esther se declaró culpable recordando la frase de su padre y fue condenada a cárcel bajo una coraza dura; solo sus pesadillas la mostraban a través de una toalla casi transparente, confundida con el rostro de su verdugo y sus manos atadas que significaban la impotencia del momento.
La Psicóloga Ruth Adriana Castellanos, docente de la Universidad Francisco de Paula Santander, dice que la mayoría de los niños y niñas ocultan este tipo de hechos como un mecanismo de defensa ante el dolor y el miedo, esto destruye su autoestima, provocando temores, desconfianza y depresión desplazando todos sus sueños; entre más tiempo se demore el tratamiento más difícil se torna en curar estas heridas.
El creerse fuerte es símbolo de debilidad
Pero la vida continuó olvidando sus cantos y sus sueños. Pensó que el remedio era casarse, porque a pesar de todo cree en el amor, pero esto fue igual que la enfermedad, maltratos psicológicos, físicos y hasta sexuales le recordaron que ese karma jamás la iba a abandonar.
Se sentía acabada, oraba porque no veía salida, sin embargo, El Eterno la sostuvo siempre. Cargando sus heridas, trabajaba por su vida y la de su hijo que es su mayor tesoro, rendirse no era opción. Se separó y quiso rehacer su vida, pero guiada por sus miedos internos, tomaba malas decisiones que no le brindaban paz, esto la amenguaba cada vez más y le ponía una piedra en el cuello cada vez que quería salir del barro.
Las pesadillas se incrementaron noche a noche sin poder conciliar fácil el sueño, sus manos no podían ser sujetadas fuertemente porque terminaba sumida en llanto, su niña interior quería ser libre ya era justo, solo la música calmaba su tormento; sus cadenas pesaban tanto que las arrastraba y las aceptaba con resignación, no se permitía debilidad, ella podía con todo ¿pero a que costo? su salud fue golpeada sin piedad por asma, crisis de ansiedad y depresión.
Pandemia
En 2019 se presentó la oportunidad de volver a amar, pero al picado de culebra cualquier lagartija asusta, no quería que le hicieran más daño, sin embargo, la confianza que le generó aquel hombre le permitió abrir su corazón y quiso contarle su historia, fue la primera vez que intento pedir ayuda, su infierno de 40 años era insoportable, pero él no entendió muchos de sus comportamientos, a veces ella perdía su mirada y él se enfadaba pensando que estaba mirando a alguien en especial cuando solo ponía la mente en blanco para descansar de tantos malos recuerdos.
Por primera vez alguien le demostraba en poco tiempo, que era valiosa, que merecía ser respetada y que era hora de retomar su vida amándose a sí misma. La relación terminó y no lo juzga, todo tiene un propósito en la vida, dice que el problema era solo de ella; a pesar de todo sonríe y con envidiable empoderamiento comenta, que él no estaba preparado para una mujer como ella.
A principios de 2020, en el silencio del confinamiento, se escuchó a sí misma y esa grieta que abrió el amor en su caparazón liberó a esa niña que estuvo presa durante tantos años; en medio de lágrimas y una gran depresión al borde del suicidio la enfrentó, escucho esos gritos que fueron opacados por la vida y que nadie había escuchado aquella vez; era su deber auxiliarla, tenía una deuda con ella, sacar su alma del infierno al que la había sometido durante su vida por culpa del silencio.
Ahora o nunca, el redescubrimiento
Relató su historia a una Psicóloga en plena pandemia, virtualmente inicio el proceso de perdonarse y redescubrirse; pero la vida no se queda con nada, a principios de 2021 encontró al monstruo con la esposa en una esquina de la ciudad y a puño limpio saco su rabia y su dolor, no lo denunció por consideración a su papá que está enfermo, pero destruyó su matrimonio; callado y solo vive su propio infierno.
Han sido grandes retos, recuperó la alegría, desempolvó sus sueños de cantar y ser periodista, con su frente en alto decidió volver a empezar y ver la vida de otra manera, está tranquila y tiene la paz que brindan los años; solo debe aprender a vivir con ese mal recuerdo.
Se convirtió en cantante profesional, con el apoyo de su hijo estudia Comunicación Social sigue soñando y nunca se rinde, va por la revancha en su vida, cuenta con 40 años más para vivirlos con la fuerza que siempre la ha caracterizado, ahora sabe que él merecía la cárcel, no ella, que nunca fue culpable de esta situación, que guardar silencio no es la solución y que tiene al Eterno que es justo y siempre escucha los deseos del corazón regalando a su tiempo nuevas oportunidades.

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