Catatumbo: Belleza y Dolor en una Tierra sin Dueño
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l Catatumbo, es un territorio
de magia y misterio. Su nombre, que en lengua barí significa “Casa del Trueno”,
resuena con la misma intensidad de sus tormentas eléctricas, un espectáculo
natural único en el mundo que paradójicamente se confunde con el tronar de los
fusiles en una guerra que pretende adueñarse de una región que no tiene
doliente; esta casa tiene montañas imponentes, ríos caudalosos y selvas
impenetrables, donde el verde y la violencia parece no tener fin.
Pero bajo su belleza
desbordante, se esconden cicatrices profundas que son la muestra de una
sociedad testigo de un conflicto que llegó como un fantasma silencioso y se
quedó a vivir en sus tierras. Aquí, entre la neblina y las ganas de vivir, la
esperanza se marchita lentamente bajo el peso de la violencia.
Las primeras sombras de
la guerra llegaron con la colonización, la lucha partidista y el exterminio de
la mayoría de las comunidades Bari por cuenta de las empresas petroleras que
llegaron siguiendo la huella del oro negro a mediados del siglo XX. Luego, ante
la indiferencia y el desconocimiento del estado, las guerrillas encontraron en
estas tierras un refugio natural, un escondite perfecto entre montañas y
trochas imposibles de rastrear, donde sembraron matas que matan. Más tarde, los
paramilitares, con su rastro de muerte y desplazamiento, convirtieron la región
en un campo de batalla donde nadie eligió pelear.
Los gobiernos pasaron,
las promesas quedaron en discursos vacíos, y la guerra se convirtió en un
negocio. Narcotráfico, minería ilegal, cultivos ilícitos y corrupción estatal
se mezclaron en una fórmula letal. Aquí no hay bandos buenos ni malos, solo un
pueblo atrapado en medio del fuego cruzado, que no discrimina ni a mujeres,
niños ni ancianos, son testimonios descarnados de muerte que se repiten una y
otra vez.
Las historias de quienes
habitan el Catatumbo son relatos de pérdida y resistencia, campesinos que no se
atreven a hablar porque que han perdió hijos en la guerra y tienen miedo; unos fueron
reclutados por la guerrilla, niños con apenas 10, o 14 años; otros son
asesinados por grupos paramilitares acusados de colaborar con el enemigo. “Aquí
no hay justicia, solo dolor”, y diciendo esto con resignación, pierden sus
miradas en las montañas.
Los docentes de Tibú
luchan cada día contra el miedo. Sus estudiantes, niños de sonrisa tímida y
mirada alerta, crecen con la guerra como paisaje de fondo. “Algunos sueñan con
ser soldados, otros con ser guerrilleros. Muy pocos sueñan con ser médicos o
ingenieros”, manifiesta una docente de Convención: “Los docentes somos
espectadores del conflicto porque de hablar ponemos en riesgo nuestras vidas y
nuestras familias”.
En entrevista realizada
por el periodista investigador colombiano Holman Morris en señal investigativa,
los lideres sociales del Catatumbo José del Carmen Abril y su hijo Dairo Abril,
Don José del Carmen y su
hijo son hombres de tierra, de lucha, de sueños que resisten. “Queremos ver
florecer la vida en el Catatumbo”, dice con la voz cansada, pero con la
esperanza intacta. Sin embargo, la guerra les arrebató más de lo que pudieron
imaginar. Su hijo, como tantos otros, perdió la infancia sin siquiera
comprender por qué. Creció con el miedo persiguiéndolo en cada sendero, con la
certeza de que en esta tierra la guerra no pregunta la edad antes de
arrastrarte con ella.
Este líder social desde
su juventud ha dedicado su vida a defender los derechos humanos, a exigir lo
que es justo. Pero en Colombia, ser líder social es llevar una sentencia
escrita en la frente. Su hijo, en busca de un destino distinto al de la pobreza
y la persecución, ingresó a las filas de las FARC. Luego, al intentar
reintegrarse a la sociedad, descubrió que la guerra nunca suelta a los suyos.
Lo persiguieron los paramilitares por haber pertenecido a la guerrilla. Ahora,
irónicamente, es el ELN quien lo señala como enemigo.
En este país polarizado,
los matices no existen. Si defiendes los derechos de los trabajadores y la vida
digna, eres guerrillero. Si te opones a la violencia insurgente y apoyas a la
Fuerza Pública, eres paramilitar. No hay término medio, no hay espacio para ser
simplemente un ciudadano que quiere vivir en paz.
Pero lo que muchos no
entienden es que, en estas comunidades “detrás de cada guerrillero, detrás de
cada paramilitar”, hay una historia de dolor. Hay una madre que llora a su
hijo, un padre que mira con resignación una silla vacía en la mesa, un hogar
que se derrumba entre el luto y el miedo. Porque en el Catatumbo, más allá de
los fusiles y las ideologías, la verdadera herida es la de un pueblo atrapado
en un conflicto que nunca eligió.
Juzgar es irresponsable.
No se debe apuntar con el dedo sin conocer las historias que laten en cada uno
de los habitantes de esta región olvidada. No se debe condenar sin entender que
aquí nadie nace con un fusil en las manos, pero muchos terminan cargándolo
porque la vida no les deja otra opción. Es fácil señalar desde la distancia, desde
afuera, desde un escritorio, pero en el Catatumbo no hay caminos rectos, solo
veredas empinadas donde cada decisión es cuestión de sobrevivir.
Aquí, en estas montañas
verdes y fértiles, el conflicto ha sido un huésped indeseado por generaciones.
Cada pueblo lleva el peso de una historia escrita con sangre y destierro. El
campesino que cultiva la tierra entre el miedo y la necesidad, el joven que se
enfrenta a la encrucijada de empuñar un arma o morir en el olvido, la madre que
espera con el alma en vilo a un hijo que quizás nunca regrese. Todos son parte
de una misma historia, de una guerra que no distingue entre culpables e
inocentes.
Los grupos armados
guerrilleros, que alguna vez se proclamaron “defensores del pueblo” y luchaban
por el cumplimiento de los derechos humanos y sociales, abandonaron sus ideales
políticos y su enfrentamiento con el Estado. Por su parte, los paramilitares,
armados y respaldados “supuestamente” para proteger a la población de las
guerrillas, se transformaron en máquinas de muerte y en actores clave del
narcotráfico. Hoy, para ambos, solo importan las rutas de la droga y una sed de
poder que sobrepasa el derecho a la vida consagrado en la Constitución de
Colombia.
El Catatumbo, más que una
región, parece una mancha en el mapa, una tierra olvidada por el Estado y
recordada únicamente por los políticos en tiempos de elecciones. Llegan con
promesas de carreteras que nunca se construyen y hospitales que solo existen en
planos, mientras la población sobrevive entre el abandono y la violencia. La
burla estatal ha sido, por décadas, el pan de cada día.
Como se va a construir
país en una región con jóvenes, sin oportunidades, sin empleo, para ellos no
hay otra opción que terminar enrolados en los ejércitos ilegales. “Aquí nos
matamos entre pobres”, dice un líder comunitario de Convención que no dice su
nombre por miedo “Y al gobierno no le importa, porque aquí no hay petróleo, ni
turismo, ni votos que contar”.
Son generaciones que
crecen escuchando ráfagas de fusil, escondiéndose el uno del otro, rezando bajo
de una cama para que no los maten a ellos y sus familias, niños con
resentimiento, con dolor, con heridas muy difíciles de sanar porque han perdido
sus padres; como se va construir país y a tener paz si aún no termina la
guerra, como se consolida la paz si todavía hay viudas llorando sus esposos
muertos en manos de las guerrillas y paramilitares, madres que lloran sus
hijos, muertos, como se va a hablar de paz si aún no aparecen miles de víctimas
desaparecidas hace décadas por la misma causa, si todavía se están desplazando
familias enteras; como se va a sentir paz sino hay paz en sus corazones.
El Catatumbo no necesita
discursos vacíos ni promesas recicladas. Necesita un Estado fuerte, que corte
de raíz el poder financiero del narcotráfico que ofrezca a los campesinos algo
más que la sombra de un fusil y a los desplazados brindarle un retorno a la
tierra con dignidad. La sustitución de cultivos ilícitos no puede ser un
eslogan de campaña, tiene que convertirse en una alternativa real, con
acompañamiento técnico, mercados asegurados y garantías de trabajo digno. No
con subsidios pasajeros, sino con oportunidades sostenibles, con inversión que
genere confianza en una tierra donde el miedo se ha convertido en el amo de las
decisiones.
La paz en el Catatumbo no
se logrará con manos temblorosas y la voz de un gobierno débil y arrodillado,
Se deben cumplir y vigilar los acuerdos de paz con la firmeza de la justicia y
la certeza de la ley. No puede haber espacio para rearmes disfrazados de tregua
ni para indulgencias disfrazadas de reconciliación. Se necesita una justicia
transicional que no signifique impunidad, pero sí una verdadera reinserción
para quienes han decidido dejar las armas. Se debe tejer comunidad, fortalecer
el territorio con la presencia real del Estado, no con sus fantasmas.
Las tierras del olvido,
como canta Carlos Vives, abarcan un vasto territorio de la nación, el Guaviare,
el Chocó, la Guajira el sur de Colombia y la gran Amazonía, territorios donde
la indiferencia gubernamental ha sido la norma. “Cuando se habla de abandono
estatal, se está haciendo referencia a la nula presencia de instituciones y
servicios públicos en un territorio, lo que acarrea problemáticas muy graves
para la población que allí habite, desde la ausencia de instituciones de salud
y educativas, hasta carencias en los servicios más necesarios para desarrollar
una vida normal. Una de las razones por las que muchas regiones que se ven
afectadas por el olvido del Estado -no tienen acceso a estos servicios básicos-
es la corrupción. En ese orden de ideas, es correcto resaltar que casi la mitad
de municipios del país, la mayoría ubicados en las periferias del territorio
nacional, no cuentan con los elementos básicos por parte del Estado. Los
habitantes de esos municipios carecen de instituciones estatales que velen por
sus derechos”
Aquí, en el Catatumbo,
ocurre lo mismo. No ha sido por falta de riqueza, sino por la ausencia de
voluntad política para convertir esa riqueza en desarrollo. La corrupción ha
carcomido los recursos que deberían estar construyendo escuelas, hospitales y
caminos que es lo mínimo vital. Los gobiernos locales, a menudo, han sido
cómplices de ese abandono o en algunas veces testigos de la fría indiferencia
de los gobernantes de turno, quienes archivan de manera descarada proyectos
vitales para el desarrollo de la región, dejando a su gente atrapada en un
ciclo donde la violencia parece ser el único destino.
La Belleza que Resiste
A pesar de todo, el
Catatumbo sigue siendo un paraíso indomable. Sus montañas todavía guardan la
magia de lo virgen, sus ríos siguen corriendo como arterias de vida. Hay
campesinos que siguen sembrando y cosechando con la esperanza de que un día la
guerra se acabe y puedan exportar sin miedo. Hay madres que aún sonríen, aunque
sea entre lágrimas, aferradas a la ilusión de que sus hijos puedan vivir sin
temor.
Se puede ver el arte en
toda su extensión desde sus imponentes montañas vestidas de trueno, hasta sus pintores
naturales que con sanguina y carboncillo dibujan su día a día, su resistencia y
la belleza de sus tierras; también encontramos raperos contando sus historias a
través de la música, escritores y cuenteros que narran sus experiencias en esta
región rica en cultura y arte, artesanos (as) que moldean el barro con
experticia ancestral y trasmiten estos saberes de generación en generación.
En fin, hay una belleza
que se resiste a morir, una tierra que no se rinde a pesar del olvido. El
Catatumbo clama justicia, no en tribunales, sino en acciones. No necesita
discursos, necesita oportunidades. No necesita más armas, necesita más libros.
No necesita más soldados, necesita más maestros, no necesita más mentiras,
necesita acciones justas y nobles.
Pero, sobre todo, el
Catatumbo necesita ser visto. Porque una guerra ignorada es una guerra que
nunca termina. Y la paz, esa paz que debería ser un derecho natural, aquí sigue
siendo un sueño lejano y esquivo manipulado por agresores de las esperanzas
ajenas, que se jactan prometiendo paz de la noche a la mañana en un territorio donde
no hay justicia social, donde no llega el estado, donde no conocen el ultimo
centímetro de tierra que lo contiene.
A esta tierra hay que
conocerla con los sentidos despiertos, con los pies hundidos en su barro rojo y
los ojos fijos en sus selvas espesas. No basta con mirarla de lejos, hay que pisar
sus caminos de herradura, sentir su humedad pegajosa y escuchar los susurros de
sus ríos turbulentos. Hay que hablar con su gente, con las comunidades
indígenas que resisten en medio de la incertidumbre, con los campesinos que
siembran en tierras manchadas de sangre. Pero hay que hablar con verdad, con el
compromiso de quienes no solo observan, sino que entienden sus realidades.
Pero tal vez, algún día,
cuando el trueno retumbe en las montañas nortesantandereanas, no sea señal de
guerra, sino de una nueva esperanza que despierte en esta tierra olvidada. Que
los campos florezcan sin miedo, que el aroma del café vuelva a ser más fuerte
que el de la pólvora, y que el Catatumbo deje de ser una trinchera para
convertirse en un hogar.
Esther
Avendaño
Periodista
y Escritora
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