CRÓNICA NAVIDEÑA: MEMORIA MUSICAL DE UNA FRONTERA QUE SUENA
Asomaba el siglo XX y las celebraciones navideñas empezaban a transformarse gracias a dos innovaciones que marcarían para siempre la historia cultural: la radio y los discos fonográficos. En Colombia, amenizar las festividades dependía exclusivamente de los grupos musicales en vivo, que resonaban con fuerza en los solemnes e inmensos clubes de la ciudad. Las orquestas, los dúos y los conjuntos ponían a bailar a la alta sociedad, mientras que la gente del común celebraba al calor de guitarras y panderetas hechas de tapitas de gaseosa, interpretando canciones dedicadas al Niño Dios.
Así, la Navidad —que en un principio nació como un mes
apartado para celebrar el nacimiento de Jesús— se convirtió con los siglos en
un cóctel de rituales europeos y orientales, una mezcla que desdibujó su
esencia religiosa para transformarla en un terreno fértil para el comercio,
incluyendo, por supuesto, a la industria musical.
Y esa mutación cultural encontró su punto de quiebre
perfecto en un nuevo siglo que pedía innovación. Las navidades cambiaron su
sonido, dejando atrás la rigidez de los villancicos tradicionales, abriendo
paso a una música más festiva que acompañó a un país que celebraba en grande.
En esos tiempos, diciembre era otro cuento: celebraciones familiares, morteros,
volcanes, saltapericos y voladores que tronaban al ritmo de las luces y las
fiestas desde el 8 de diciembre hasta el 31. El lechón rogaba que no llegara
Nochebuena, y gallinas y reses no tenían escapatoria.
La explosión musical se expandió aún más en Cartagena,
cuando Toño Fuentes, fundador de Discos Fuentes en 1943, inauguró su estudio y
descubrió a un “jilguero de la Sierra Nevada”: Guillermo de Jesús Buitrago
Hernández, oriundo de Ciénaga, Magdalena. Aunque llevaba vallenato en la
sangre, grabó su primer disco de 78 rpm, melodía que hoy sigue anunciando que
el 30 de diciembre llegó “La víspera de Año Nuevo”.
Mi madre, Doña Aura Leonor Avendaño, hoy con 75 años,
recuerda con nostalgia la primera vez que escuchó esa canción. Evoca con
ternura su casa materna y la emoción de aquella época, cuando su padre llevó la
primera radiola “Motorola”. Ese aparato se convirtió en un portal hacia un
mundo nuevo y en la semilla de una tradición que marcaría a las familias
cucuteñas durante generaciones.
Con la radio y los discos fonográficos se gestó una nueva
forma de vivir la Navidad, naciendo un repertorio diverso de canciones que hoy
representan la piel sonora de estas festividades. Acceder a una disquera era un
golpe de suerte: se requería talento, innovación y, como ahora, dinero. Muchos
artistas grababan con contratos abusivos, otros reunían lo necesario para
grabar una sola vez al año, sabiendo que diciembre era la época ideal, por su
fuerza emocional y comercial. Las disqueras preparaban un año entero para
lanzar sus LP en Navidad, y la gente esperaba con ansias aquel acetato negro
que ponía a “torear las radiolas”, haciendo que las fiestas duraran hasta las
seis de la mañana.
Por aquella época, ser músico no otorgaba prestigio; su
estatus era bajo, y tristemente la historia poco ha cambiado. En Cúcuta apenas
comienzan a funcionar escuelas de formación musical. A mediados de los 90, un
gobernador cerró el Instituto de Bellas Artes, la “Casa de la Música”,
truncando oportunidades para nuevas generaciones. Falta estatus cultural y
apoyo estatal: la música sigue siendo la cenicienta del Plan de Desarrollo,
vestida de gala solo cuando conviene, olvidando que un pueblo sin música es un
pueblo sin alma.
En este recorrido también aparece el auge de la música
popular, que en 1955 resonó con fuerza en Bogotá gracias a canciones como
“Navidad”, de Leopoldo González, popularizada por Julio Jaramillo. Su sonido
repicaba como campanas encendiendo las rockolas y arrancando lágrimas a los que
estaban lejos de casa.
Por ser frontera, Cúcuta recibió un intercambio musical
intenso desde México y Venezuela. En 1955 llegó José Alfredo Jiménez con
“Amarga Navidad”, interpretada por Miguel Aceves Mejía, una melodía que luego
grabaría Rodolfo Aicardi y que pronto se volvió himno de diciembre en la
ciudad.
En los años sesenta y setenta, Venezuela brillaba como plaza
musical y grandes orquestas como Los Melódicos, Billos Caracas Boys, Dimensión
Latina y el Combo de Nelson Enríquez llegaban a Cúcuta para encender los bailes
navideños. Doña Leonor recuerda cómo esas noches se volvieron memorables
gracias a su radiola, la única del barrio.
En 1965 llegó la Matecaña, casetas creadas en Pereira para
bailar con orquesta en vivo. En Cúcuta se ubicaron donde hoy está Homecenter,
convirtiéndose en el lugar sagrado de reunión semanal de grandes orquestas
nacionales e internacionales. Leonor cuenta cómo salía de trabajar del LEY,
cambiaba los zapatos por tenis y se iba a rumbear siguiendo el lema: “Si te
invita Matecaña, cógele la caña”.
Con los años, la ciudad se consolidó comercialmente en torno
a las fiestas decembrinas. Los clubes Comercio, Cazadores y Bavaria se llenaban
de artistas, y Leonor —trabajando en el almacén LECS— recibía propinas en
dólares de cantantes como José Luis Rodríguez, Reynaldo Armas, Lola Flórez,
Renato Capriles y Billo Frómeta, con las cuales logró comprar la casa donde hoy
vive.
Llegaron entonces los años setenta y con ellos un sonido
tropical vibrante. Pastor López, músico venezolano adoptado por el corazón
colombiano, convertirse en figura icónica de nuestras navidades. “Navidad
Negra”, “El Niño del Tambor” y, por supuesto, “El Hijo Ausente”, marcaron para
siempre la memoria emocional de estas fechas. Su música se convirtió en un
regalo eterno para el país. Hoy, su hijo cucuteño continúa el legado,
manteniendo viva la llama de esta tradición.
Entre los músicos que han dado alma a esta ciudad está
Nelson Sánchez, guitarrista y cantautor cucuteño con más de treinta años de
trayectoria. Empírico en sus inicios, y luego tecnificado, Nelson creció
jugando con un taburete al que le sacaba melodías. Sin academia musical
familiar, llegó con el gen en su ADN. Su voz tenor ha retumbado en clubes y
orquestas nacionales e internacionales. Se lamenta de cómo la ciudad ha perdido
poderío cultural y cómo las navidades se han vuelto comerciales, aunque reconoce
que esta música sigue siendo parte de la identidad colombiana. Para él, el
mayor desafío es que las nuevas generaciones continúen el legado.
Así, la radio, los discos y la tradición cultural
transformaron para siempre nuestra Navidad. Las melodías nacidas en los albores
del siglo XX siguen iluminando las casas cucuteñas, conectando generaciones a
través de una música que es memoria, raíz y sentimiento.
La tarea es clara: sembrar conciencia en los niños para que estas tradiciones no se olviden. Somos frontera, compartimos historia y cultura con Venezuela, y nuestras fiestas son parrandas navideñas que merecen seguir vivas, resonando como eco perpetuo de quienes las cantaron primero.
Esther Avendaño
Escritora y Periodista

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