Lactar: cuando el cine se atreve a incomodar
En tiempos en los que gran parte
del cine comercial apuesta por fórmulas seguras y narrativas predecibles, Lactar
de Harold Trompetero se arriesga a tocar uno de los temas más incómodos y menos
explorados del cine latinoamericano: la maternidad en la adultez mayor. No es
una película diseñada para complacer al espectador; por el contrario, lo obliga
a cuestionar sus propias creencias sobre la edad, el cuerpo femenino y la
libertad de decidir.
El reciente reconocimiento
obtenido en el Eurasia Kinofest de Rusia confirma que las historias
profundamente humanas pueden trascender fronteras culturales. La ovación
recibida por la cinta demuestra que los dilemas de Victoria no pertenecen
únicamente a Colombia, sino a una conversación universal sobre la autonomía de
las mujeres y los límites que la sociedad les impone.
Uno de los mayores aciertos de la
película es la interpretación de María Helena Döering. Su actuación evita el
melodrama fácil y construye un personaje lleno de contradicciones,
vulnerabilidades y fortaleza. La actriz logra transmitir el conflicto interno
de una mujer que desafía tanto las expectativas familiares como los juicios de
una sociedad que parece tener una fecha de vencimiento para los sueños
femeninos.
¿La maternidad tiene fecha de
vencimiento?
Una de las reflexiones que deja Lactar
es preguntarnos si la maternidad realmente tiene una edad límite o si esa
frontera también está determinada por la calidad del sistema de salud y las
condiciones sociales de cada país.
En buena parte de Europa
occidental y algunos países de Asia, ser madre después de los 40 años ha dejado
de verse como una excepción. En países como España, Italia, Irlanda,
Suiza y Corea del Sur, la edad promedio del primer hijo supera
los 30 años y continúa aumentando. Incluso, cada vez es más frecuente encontrar
mujeres que deciden tener su primer o segundo hijo entre los 40 y los 45 años,
impulsadas por la estabilidad profesional, económica y emocional.
En estos países el embarazo
tardío no deja de ser considerado de mayor vigilancia médica, pero tampoco es
tratado como una condena. Los sistemas sanitarios ofrecen controles prenatales
especializados, pruebas genéticas tempranas, medicina fetal avanzada y equipos
multidisciplinarios que acompañan a la madre durante todo el proceso. La
diferencia no radica en que la biología cambie de un país a otro, sino en que
el Estado ha construido condiciones para que ese riesgo pueda ser manejado
oportunamente.
Colombia, en cambio, enfrenta una
realidad distinta. Aunque médicamente el término "edad materna
avanzada" comienza tradicionalmente a partir de los 35 años, ello no
significa que una mujer de esa edad no pueda tener un embarazo saludable. De hecho,
especialistas señalan que los riesgos aumentan de manera progresiva y no
aparecen de forma abrupta al cumplir los 35 años.
Sin embargo, el contexto
colombiano impone desafíos adicionales. Según datos recientes de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Colombia
registra una de las tasas de mortalidad materna más altas entre los países
miembros de esa organización, muy por encima del promedio. Esto refleja que
muchas complicaciones no obedecen únicamente a la edad de la madre, sino
también al acceso desigual a controles prenatales, especialistas,
infraestructura hospitalaria y atención oportuna.
Por eso Lactar trasciende
la historia de una mujer que decide ser madre a los 62 años. La película
también desnuda una pregunta incómoda: ¿el problema es la edad de Victoria o la
incapacidad de nuestras instituciones para garantizar una maternidad segura
cuando una mujer decide ejercer libremente ese derecho?
Quizás la discusión que propone
Harold Trompetero no sea exclusivamente biológica. Tal vez sea profundamente
política. Porque mientras algunos países invierten para acompañar maternidades
cada vez más tardías, en Colombia todavía pareciera existir una cultura donde,
más que informar a la mujer sobre los riesgos reales, se le persuade de que su
reloj biológico ha expirado mucho antes de que la ciencia diga la última
palabra.
Sin embargo, también deja
interrogantes. En algunos momentos la intención de provocar debate puede
sentirse más fuerte que la construcción narrativa misma. Trompetero parece
privilegiar el impacto del tema sobre la sutileza cinematográfica, una decisión
que puede dividir al público entre quienes celebran su valentía y quienes
consideran que la película sacrifica profundidad dramática en favor de la
controversia.
Aun así, su mayor valor radica en
que no busca ofrecer respuestas definitivas. Su mérito está en abrir una
conversación necesaria sobre la libertad individual, los prejuicios asociados a
la edad y el derecho de las mujeres a decidir sobre sus proyectos de vida. En
una sociedad acostumbrada a dictar lo que es "normal" o
"aceptable", la película se convierte en un acto de resistencia
cultural.
Más allá de los premios obtenidos
en Rusia, el verdadero triunfo de Lactar consiste en demostrar que el
cine colombiano puede generar discusión, cuestionar paradigmas y competir en
escenarios internacionales con historias propias, profundamente locales y, al
mismo tiempo, universalmente humanas.
El cine cumple su función más
noble cuando deja de ser entretenimiento y se convierte en espejo. Lactar
no pretende que todos estén de acuerdo con su protagonista; pretende algo más
valioso: que nadie salga de la sala sin preguntarse por qué juzga las
decisiones de los demás. Y esa incomodidad, precisamente, es la esencia del
arte.
Por Esther Avendaño

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