Toma y Retoma del Palacio de justicia: Una Memoria Que Aún Arde
Palacio de
justicia:
Que Aún
Arde
|
T |
enía trece años y cuidando a mi hermana menor, vi por
televisión cómo un edificio imponente en el corazón de Bogotá se consumía entre
fuego y explosiones. No entendía lo que pasaba, pero el horror quedó grabado en
mi memoria. Recuerdo imágenes que aún me estremecen: un policía cayendo desde
un helicóptero en la terraza del Palacio de Justicia, un tanque de guerra
atravesando la entrada principal, los ruegos del magistrado Alfonso Reyes
Echandía pidiendo que cesara el fuego y que escucharan su llamado a la negociación
porque lo iban a asesinar.
Han pasado cuarenta años desde aquel 6 y 7 de noviembre de
1985, cuando el Palacio de Justicia —símbolo del Estado de Derecho en Colombia—
fue tomado por la inconsciencia el terror y las balas de un comando del M19 y retomado
convertido a escombros por la desmesura de un gobierno arrogante que ignoró las
suplicas de los rehenes. El país fue
testigo de cómo el lugar donde debía imperar la justicia se convirtió en un
campo de guerra. Lo que siguió fue una lista interminable de muertos,
desaparecidos y un silencio institucional que, cuatro décadas después, continúa
pesando sobre la conciencia nacional.
El país ha cambiado, pero la herida no. Si yo no puedo
olvidar lo ocurrido, ¿cómo podrían hacerlo las familias de quienes estuvieron
allí? Los hijos y las hijas del vigilante, del dueño de la cafetería, de la
señora que servía los tintos, de la secretaria, del mensajero, del magistrado,
del militar, incluso del guerrillero. Todos ellos comparten una misma herencia:
no solo son familiares de alguien, son colombianos marcados por una guerra que
se transmite de generación en generación.
El tiempo no pasa cuando los expedientes siguen inconclusos y
los homenajes llegan sin respuestas. En las manos de los dolientes ha recaído
la tarea de mantener viva la memoria y de sostener una verdad que muchos
quisieron borrar entre las llamas. Son ellos —y solo ellos— quienes han cargado
durante cuarenta años con el peso de la historia, la indiferencia y la
impunidad.
Hay una marca invisible en cada familia colombiana: la del
sufrimiento heredado. En este país, el dolor se aprende en silencio y se lleva
como una cicatriz que no desaparece. Por eso es tan difícil hablar de paz
cuando aún hay heridas abiertas, cuando el pasado no se ha contado con verdad
ni sanado con justicia. Y, sin embargo, hay víctimas que han encontrado en el
perdón una forma de resistencia. Perdonar, no para olvidar, sino para liberar a
las nuevas generaciones de una guerra que no escogieron; “perdonar lo
imperdonable”.
Según la historiadora Uribe (2016), “la venganza es una
cadena interminable a la que, por imposible que parezca, hay que ponerle un
final. De lo contrario, eterniza los odios y compromete a las siguientes
generaciones a continuar venganzas de cosas, tiempos e historias que no
vivieron”.
¿Los de la toma que pretendían mostrar? valentía, la
verdadera valentía no está en imponer la fuerza, sino en tener la capacidad de
proponer ideas, de escuchar y de debatir con respeto. En un país acostumbrado a
resolver sus diferencias a punta de gritos o de balas, atreverse a dialogar es
un acto de coraje. Ser valiente es aceptar que pensamos distinto, pero que
compartimos un mismo destino. Es entender que, solo trabajando en equipo, desde
el desacuerdo y la empatía, podremos construir un país más justo, donde la
palabra recupere el lugar que durante tanto tiempo le arrebató la violencia.
El Palacio de Justicia no solo ardió en lo físico; ardió en
lo simbólico. Allí también se derrumbó la confianza en las instituciones y se
reveló la fragilidad de un Estado que, en su intento por imponer el orden en
respuesta a un ataque inconsciente y violento, perdió totalmente el rumbo moral,
abandonando al pueblo a su suerte. El fuego no solo consumió expedientes:
también devoró las vidas de muchas familias, y eso es lo que realmente cuenta.
Durante estas cuatro décadas, la justicia ha avanzado con
lentitud, entre fallos nacionales e internacionales que, aunque han reconocido
responsabilidades, de parte y parte no han permitido cerrar el duelo. En
Colombia, la impunidad se ha vuelto una costumbre peligrosa: un hábito que
adormece la conciencia colectiva y condena a las víctimas a revivir su tragedia
cada aniversario.
No se puede volver atrás; se trata de cerrar este capítulo de
dolor abrazando las victimas con verdad, justicia y dignidad, ¿Por qué no
aprender de los errores? Debemos entender que, en medio del fuego, estaban sus
familias, colombianos como nosotros, que trabajaban en este recinto. La
Constitución lo dice claramente: la paz es un derecho y un deber de
obligatorio cumplimiento (Constitución Política de Colombia, Título II,
Capítulo 1, Artículo 22, 1991). Ese deber nos pertenece a todos.
¿Cuántas generaciones deberán pasar antes de aprender a vivir
aceptando y concertando nuestras diferencias? El recuerdo del Palacio de
Justicia nos recuerda que la guerra no termina mientras haya colombianos
llorando a sus muertos sin justicia o buscando a sus familiares desaparecidos a
causa de la violencia. No habrá reconciliación sin verdad completa, sin
reparación real y sin el reconocimiento pleno del dolor causado.
A las puertas de este aniversario, no bastan los comunicados
oficiales ni las ceremonias con flores como todos los años. Colombia necesita
asumir que el Palacio de Justicia no fue solo una tragedia del pasado. Recordar
es un acto político, pero también un acto de dignidad.
A cuarenta años de este fatídico día, el homenaje más honesto
que podemos ofrecer a las víctimas es no olvidarlas: no hasta que la última
persona desaparecida sea encontrada, no hasta que dejemos atrás esta
polarización ridícula que nos divide, no hasta que entendamos que las nuevas
generaciones merecen una memoria sin miedo.
Es demasiado el dolor asumido por cada colombiano. El Estado
y los grupos al margen de la ley deben pedir perdón real. Pero pedir perdón
implica un cambio verdadero: desde la forma de comunicarse hasta la restitución
y dignificación de cada una de las víctimas directas y las indirectas como
nosotros, los que vimos, los que escuchamos, los que sufrimos la barbarie de
las imágenes y las voces de cada una de las tragedias en este país. Ahí está la verdadera paz.
No basta con mitigar los desastres de la guerra: lo que el
país necesita es que esta, termine y no se repita. Durante años hemos
normalizado la violencia, incluso en los gestos y palabras de la vida
cotidiana. Está presente en la forma en que nos comunicamos, en cómo
respondemos o imponemos nuestras ideas, y quizá ahí empieza todo. Carecemos de
un lenguaje compasivo y humano; hemos olvidado la empatía y pocas veces nos
detenemos a pensar qué hay detrás de la violencia del otro. Tratar bien a los
demás no debería ser una excepción, sino la base del respeto mutuo que
necesitamos recuperar como sociedad. Tanto el Estado, los grupos al margen de
la Ley y cada uno de nosotros tenemos responsabilidades políticas, morales,
históricas y sociales que asumir: dignificar, reconocer en todos los aspectos,
reconciliarnos, sanar, y aportar, aunque sea desde la palabra, a la
construcción de esa paz que tanto anhelamos.
El fuego del Palacio aún arde en la memoria viva de cada una
de las familias que siguen buscando justicia y reparación, y de los que aun
recordamos con horror esta tragedia que se pudo evitar y que nunca debió
ocurrir.
Esther
Avendaño
Periodista
y Escritora

Comentarios
Publicar un comentario